Yo no sé quién es el genio de los restaurantes que me pone a comer una punta de anca con los cubiertos de la Barbie.
¿Quién dijo que esos cubiertos blancos, insípidos, blandengues sirven para cortar la garra de una lechona o el chicharrón de una bandeja paisa?
¿Quién dijo que con un tenedor que rápidamente queda mueco se puede comer tranquilo, comer bien, comer?
Claro que de una salen los defensores de la sanidad a decir que es una forma higiénica para sitios de alta rotación, pero a ellos mismos los pongo a que se coman una sobrebarriga con esos cubiertos de juguete que sólo sirven para la torta negra de los matrimonios y para sacarle a uno más de una rabia y hasta sangre de un dedo.
Y es que con ellos se presentan casos como quedarse con un pedazo de tenedor en la boca o que con la fuerza que uno hace al trinchar se desnuque el aparato este, salgan volando gotas de grasa o partes de la ensalada y arme todo un bochinche en la mesa.
Para los usuarios de los restaurantes de supermercado o centro comercial, el tenedor de plástico es su mejor compañía para comerse desde un pescado hasta unos maicitos y no se imaginan las peleas internas que uno debe hacer para comer con esos utensilios. Primero, como uno ya sabe, entonces comienza a partir despacio, con maña, como si efectivamente estuviera jugando a la Barbie y Ken le estuviera partiendo la carnita imaginaria a su rubia novia.
Pero efectivamente la cosa no opera mucho, entonces uno comienza a hacerle más y más presión y como sigue sin partir realmente uno se pega una “encarnizada” hasta que pasa lo que tiene que pasar. La carne es más fuerte y el tenedor, como Zidane en el Mundial, pierde la cabeza.
Por eso, antes de sentarme tomo dos o tres juegos de cubiertos, pero igual la rabiecita queda ahí, cuando hasta trinchando una papa el bendito tenedor no aguanta.
Como les decía, si mucho esos tenedores sirven para un salpicón, para un helado, para un postre, pero una carne bien dura, de esas que hay que contarle una historia triste para ver si se ablanda y uno partiéndola con cubiertos de plástico, le provoca a uno volver a eras pasadas y echarle mano.
Ahora, cuando el alimento es crocante, de esos que se parten sólo con el tenedor, es prácticamente imposible, “es que no aguanta, no aguanta”.
Todo eso hablando simplemente desde el plano de lo operativo, si nos vamos a la etiqueta ahí sí es como para salir corriendo, un matrimonio con cubiertos de plástico es más ordinario que el clóset de Claudia de Colombia.
Una vez, hasta con una ensalada se le fue un diente al tenedor. El colmo de la debilidad. Y si es por higiene, me deja mucho qué pensar el señor del salpicón de carrito que le dice a uno cuando acaba: “échelo aquí”. A mí esas propuestas me las hacen muy poco y cuando me las hacen dudo (siendo uno bien mal pensado).
Entonces, después de haber perdido los dos primeros tenedores de plástico, llega el momento para el tercero en la fila y para cuidarlo y evitar levantarse por más, a uno le toca tomar el tenedor más abajo del mango, para evitar que pierda la cabeza y trinchar como si uno no supiera. He visto a más de uno en esas y realmente causa gracias, pero es a lo que toca recurrir.
Si algo está funcionando bien desde la Era del Metal, cuando ni siquiera nosotros éramos como somos, entonces por qué cambiar las cosas. La humanidad viene comiendo con utensilios metálicos desde hace mucho rato y por lo máximo que uno se queja es por el cuchillo amolado. No vengamos a cambiar las tradiciones que como buen carnívoro, nada mejor que meterle con toda la gana el tenedor y el cuchillo a un solomito, a una punta de anca o a un pollo a la plancha y sentir la firmeza del corte. Los de juguete, que se los dejen a los niños en su torta de Primera Comunión.
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