Todos en algún momento hemos sido víctimas del carrusel del contestador: “Gracias por llamar. Si conoce el número de la extensión márquelo si no… de malas porque aquí comenzarán sus padecimientos. Marque 1243 para asesoría y suministros, 1425 para suministros solamente, 1452 para primero asesoría y luego suministros, 1523 para cartera…”, y el bendito carrusel sigue y sigue y el enojo de uno aumenta y aumenta hasta que por fin le contesta una niña muy querida. Ese es el problema , pues la pobre tiene exceso de cortesía y amabilidad fingida.
“Gracias por llamar a… le decimos que su llamada puede ser grabada o monitoreada para… gracias por llamar nuevamente, mi nombre es … del departamento de … (casi que le dicen a uno dónde viven, qué hace el papá y la mamá, qué come y dónde lo hace…, pues comer, malpensados).
A semejante carretazo súmele diez minutos dando vueltas en el carrusel del contestador y fuera de eso la rabia de poner una queja o hacer un reclamo. Por fin, la niña con exceso de cortesía y amabilidad fingida por fin lo deja hablar a uno para ver qué le duele.
Apenas uno cuenta el cuento, da el número de la cédula y demás, vuelven y lo dejan a uno en el limbo telefónico tras la consabida frase: “un momento por favor”. Al rato, la niña con el papel muy bien aprendido vuelve: “gracias por su espera señor Mazo”. Y puede que se vaya de la línea cinco veces y cinco que vuelve con el mismo cantico, “gracias por su espera señor Mazo”. Yo me pregunto, ¿sí hace falta tanta amabilidad? Está bien que lo atiendan a uno, pero que tampoco lleguen a esos estados de melocería telefónica que ya son hasta molestos. Es como si alguien en la ciudad se hubiera dedicado a hacerse rico con su oficina de “Manuales tontos para cualquier empresa”.
Ellos son los mismos creadores de: Manual para pedir limosna en los buses (buenos días señoras y señores, el producto que les traigo hoy es un rico y delicioso confite, uno en 100, tres en 200. Gracias por su atención y no arrojen las basuras al piso para que el conductor nos deje trabajar). También está el Manual para cobrar por un carro que no cuida (don, bien cuidaíto) y Manual para contestadores tontos (cuando acabe de hablar simplemente cuelgue).
Ahora, póngase a pensar una cosa: qué dirá Beethoven de esa trillara que le pegaron a su tema Para Elisa como canción de contestador. Una obra de un genio de la música, en esas. Qué pena con él, está bien que era sordo, pero tampoco para tratarlo así. Las cosas deberían ser más acordes. Por ejemplo, en una funeraria la musiquita podría ser Nadie es eterno o Desde que te marcharte; en una carnicería Caballo viejo o Mi costilla y para una agencia de viajes de mala reputación La vamo’ a tumbar.
Hay otros contestadores que son como los laberintos griegos, que uno les busca y les busca hasta que llega a la opción que necesita, momento en el cual el teléfono simplemente se cuelga y a uno le dan ganas de colgar… pero al gerente de la empresa a la que a uno se le ocurrió llamar.