Todo comienza en la fatífica frase: “mamá, te vamos a invitar a comer hoy en tu día”. En ese momento es como que arrancara un reality argentino donde a la pobre señora le pasan todos los vejámenes que se pueda imaginar.
Como buen paisa, el hijo no hace reserva sino que quiere llegar a las 12:00 del día y que todo esté dispuesto para ellos, pero no. Además, al hijo le doi por irse a jugar un partido de fútbol y llegó tarde, mientras se bañó y arregló, ya los restaurantes donde iban a ir están llenos.
Primera embarrada: la fila de la pobre señora mendigando comida en restaurantes muy lujosos o de muy medio pelo, que ese día se pinchan.
Eso se vuelve como la fila de los pobres señores para hacer un reclamo en el Seguro. Las pobres viejitas en un “resisterio” de sol a punto del desmayo, hambriadas, con su mejor pinta y sin siquiera una sillita para aguantar la cosa sentadas y poniendo cara de que todo está bien para que el hijo no se sienta mal.
Si por casualidad la señora se llena de fuerza y se aguanta la fila pasa a la comida. Pero no cuentan con una cosa: ese es el día que los restaurantes más gente atienden y peor servicio ofrecen, así que ni esperen ser atendidos como reyes. La cosa es como “peluquiando” calvos.
Ellos muy bien aplican la regla de Jackson, el de Factor X: “eso es lo que hay”. Entonces, a la señora que estaba antojada de carne asada le dicen que hay pollo, al que va por pollo le dicen que es un sólo buffet y al que quiere buffet se lo dan, pero le sale maluco.
En ese día no hay tiro para reclamar, que muy lento el servicio, de malas, afuera tenemos a otro montón esperando. Y no falta la familia problemática a la que le sale el pelo, a la que se le demoran con la comida, a la que la carne no le quedó 3/4 sino como los caballos finos, pura sangre y más problemas para el restaurante y la pobre señora, toda estresada porque los hijos se van a poner a pelear en el restaurante y con la imaginación que ellas tienen se suponen que las van a sacar a cuchillo y es entonces cuando llenas de resignación y poniendo carita de niña buena dicen: “ah, deje así”.
Por fin se acabó el suplicio del almuerzo y ahora la pobre viejecita se va con su cargamento de muchachos para la casa dizque a recibir los regalos, las mismas cremas, la misma bata que no le gusta, los mismos zapatos que vio baratos en el hueco y ella pone cara de feliz porque está con los muchachos, con las esposas de los muchachos, con los nietos y unos primos que no le caen muy bien y les dicen los genios, porque aparecen cada que abren una botella.
A ella no le gusta la parranda y es lo primero que se arma en la casa. Lo de Día de las Madres rápidamente se olvida cuando se abre la primera de guaro y la señora pasa de ser atendida a atender a grandes y chiquitos: “Atanael, poné pacito la música que chistan los de arriba”, “Elpidio, ojo con la matera y no te sentés en la brazo de la silla que lo quebrás, “Fernando, ya se despertó el niño el tetero está en la cocina”.
Ese día trabaja el triple y sólo piensa para sus adentros: “eh, qué regalos pa’ si me salieron caros, ni voy a poder ver a quién echan en el Desafío por estar atendiendo borrachos, qué pereza”.
Para seguir en el peor día de su vida, viene la parte de sermones y anexos a borrachos: “que vea que no tomen más”, “que mañana hay que madrugar”, “que dejen de gastar en aguardiente y esos muchachitos sin ropa” y la cosa termina en una pelea la macha entre la pobre señora y sus hijos.
La última etapa es ver cómo sacar a todo el mundo de la casa para poder arreglarla, ya toda brava y prometiendo que no vuelve a dejar que le celebren el Día de la Madre, pero que va, al otro año por ver a los hijos juntos se le olvida y vuelve y se la hacen.